Si bien se estima desde la medicina que al menos un año más vamos a tener que convivir con el coronavirus, hoy en día ya comenzamos a hablar de la posible cotidianeidad a la que pronto regresaríamos. Por cotidiano, entendemos aquella habitualidad a la que estábamos acostumbrados; nuestro “día a día”, que tan abruptamente interrumpido se vio tras el inicio de la pandemia y posterior cuarentena.

Lo que podríamos preguntarnos es si, tras un año y medio en donde aquella habitualidad se vio suspendida, hoy en día volveríamos a la misma o a una posible nueva realidad.

Tal vez ni una ni otra. Más que nunca hoy podríamos hablar de múltiples y distintas realidades. Es que, así como la crisis pandémica y sanitaria dejó sus consecuencias a nivel salud poblacional, la crisis social, económica y política hizo sus estragos en lo comunitario, los estilos de vida.

Por nuevas realidades podríamos señalar las que vemos todos los días, pero nos cuesta contemplarlas en su profundidad. La del vecino, la de la compañera de trabajo, la de un familiar, etc. Se escucha a diario sobre distintas realidades que atraviesan las personas; desde lo social/económico: aumento de pobreza, pérdida de empleo, deserción escolar/ laboral, etc. Desde lo sanitario aquellos quienes creen que “todo ya pasó”, y tratan de llevar su vida tal cual antes, hasta otros quienes no dejan de escatimar cuidados y conductas preventivas en relación al virus.

Desde el Gobierno los mensajes parecen ser claros: continuar con los cuidados. Sin embargo, hay medidas (necesarias), en pos de ir posibilitando ciertas aperturas en relación a lo social. Entonces, si bien la “pandemia continúa”, la vida social, lo económico ligado a la misma (vida nocturna, espectáculos, deporte, etc), cada vez más comienza a recobrar vida. El discurso parece confuso; sin embargo, se trata de dos situaciones que se deben contemplar: que los cuidados deben continuar, ya que, aun avanzando en la campaña de vacunación, la posibilidad de contagio persiste, y, por otro lado, las restricciones necesariamente irán cediendo cada vez más.

Podríamos pensar que, ante la presencia de tantos discursos, en donde se tratan de contemplar todas las realidades posibles, no se observan atisbos de uno quizás necesario en estas circunstancias: un plan o estrategia que contemple lo “postpandémico”. Es decir, comenzar a pensar cuál sería la posible nueva cotidianeidad a la que nos tendríamos que habituar.

Es perentorio por parte de los gobiernos y del discurso médico en general, comenzar a hablar del futuro cercano, de lo que viene; ofrecer algunas garantías posibles de qué y cómo posiblemente será la realidad. La escuela, ¿será la misma?; el trabajo, ¿presentará algunas diferencias?, lo social, ¿será igual que antes?

La falta de un discurso (sanitario, social, económico, político) con respecto a lo que viene genera incertidumbre, y esto, imposibilidad de proyectar: desde el comerciante que no sabe si invertir y procurar crecer o seguir con lo que tiene, aquellos quienes planearon viajar o irse del país y no saben si podrán, y tantos otros con proyectos personales postergados. El futuro parece incierto; en un mundo en donde ni siquiera el mañana ofrece garantías, el presente se torna inestable; el resultado es un sufrimiento vehiculizado en malestar social.

A nivel clínico, en los consultorios se observa una posición de espera: pacientes que acuden a las consultas psicológicas en busca de respuestas, directivas u orientaciones sobre cómo proceder, tanto en el espacio terapéutico (donde a partir del psicoanálisis se invita a que el paciente asocie libremente), como en los espacios de su vida diaria (¿Qué hacer? ¿Cómo seguir?). Si bien esta posición puede indicar matices de cada estructura de personalidad, puede ser propia también de estos tiempos inciertos.

La salud mental es una variable de la cual poco se ha contemplado. Es imposible poder calcular las consecuencias psicológicas que hubo y continuará habiendo. Se cree incluso que durarán años los efectos en el psiquismo; es que al advenimiento de un trauma (la pandemia operó como trauma en muchas personas), sus efectos no son inmediatos, a veces se reprimen y sus consecuencias se observan luego; la respuesta es sencilla, el inconsciente es atemporal.

Por tanto, sería oportuno comenzar a hablar de ese mañana por venir. El tejido social puede no repararse fácilmente sin que, desde ciertos lugares de poder y trasmisión de saber, puedan poco a poco comenzar a ofrecer confianza a la población.

Tal vez no sea el futuro que esperábamos, o si lo que esperábamos no sea un futuro. Lo que sí parece necesario es comenzar a trazar un camino en donde esas distintas realidades puedan empezar a converger y así, poco a poco y con esfuerzos construir un mañana más próspero.